La blanquita

Cuando chico tenía varios gatos. Llegué a tener 9. Grises, blancos y de colores, los más pequeños los tuvimos que regalar. Hasta el día de hoy recuerdo a la Blanquita. Una gata jodida, siempre me arañaba y a veces se escapaba. Igual la quería. Siempre se las arreglaba para dormir en mi pieza llenándola de ronroneos.

Yo estudié en un colegio católico toda mi vida. Y de vez en cuando a las monjas se les ocurre bendecir cualquier cosa. Esa vez, les tocaba a las mascotas asi que yo llevé a la Blanquita. A mis padres les pareció bien llevar un gato a un lugar con cientos de niños.

La llevé y la ceremonia fue un éxito. Siempre la tuve conmigo y no me arañó ni nada. Todo iba bien hasta que se me ocurrió soltarla en el recreo. Instantáneamente salió corriendo a través del gimnasio hacia el patio. Mis amigos y yo corrimos detrás de ella hasta que la Blanquita se encontró con un muro de 8 metros de alto.

Acorralada. Intentó subirlo hasta que no pudo más y saltó alejándose del muro, aterrizando sus garras sobre mi cráneo y propinándome una cicatriz que aún conservo en mi frente.

Eventualmente pude agarrar a la aterrorizada Blanquita, y con mi rostro lleno de sangre fui donde un profesor para que me limpiara el rostro.

La Blanquita era jodida. Igual la quería.